Ya quería escribir desde hace tiempo de los conversos. Nada peor que un converso, nada peor que alguien que cae de un caballo y ve de repente la realidad parcial de un gran descubrimiento, porque para el converso la verdad (esa palabra-pánico) es desde ese momento la-Cosa, gira alrededor de la-Cosa, habla constantemente de la-Cosa y pretende hacernos ver a todos la maravilla de la-Cosa. Por supuesto, uno se arma de paciencia porque, quién no se ha sentido recién convertido. Cuántas veces hemos actuado como nuevosricos con la cosa recién descubierta: la India (todos los que han ido vuelven idiotizados con la idea de un vishnú tan reciente, tan de todoacien, tan de escayola, que hasta la idea tiene rebabas); dejar de fumar (la mayoría de los que dejan de fumar creen que los que siguen fumando empiezan a morirse justo en ese momento); la literatura (los conversos pretenden ser poetas al instante y son profesionales antes de tener una tierna intuición y miden en número sus volúmenes de biblioteca y cuentan los libros que se leen por segundo y diseccionan su obra con la precisión de un filólogo); los electrodomésticos (aquel que nunca tuvo microondas siempre penará por los círculos más drásticos del infierno contemporáneo por no haberse descubierto a tiempo la descongelación o el vaso de leche acelerado), el arte (quizá el más cruel con los conversos es el arte plástico: son sagradas la videoinstalación y la performance, aunque es necesario saber que si dices “esta miga de pan en el mantel es muy conceptual” no es discutible y siempre llevarás razón, todo el mundo pensará que estás preparado y más aún si lo dices subiéndote tus nuevas gafas de pasta o atusándote las patillas de cantante británico popero); las maravillas del diseño gráfico (quién no sabe cuando se introduce en el mundo del diseño que todo es packaging, que todo es eslógan, que el mundo es ahora cyan y que una imagen es una identidad); la modernidad (sabiendo lo que les costó a los franceses describirla cuando la tuvieron delante, casi mejor pongo unos socorridos ...); la pastilla de la lavadora con cirulillos activos y esencia de jojoba (jamás otra marca por muy barata que sea igualará la potencia que tienes delante, gel por un lado y detergente por otro tiene que ser eficaz, tiene que ser trascendente, tiene que ser moderno, tiene que ser conceptual, tiene que ser arte, tiene que ser la India); la religión (San Pablo el verdadero traidor de la idea); el amplio mundo del suavizante de pelo (antes existía solo y un único champú, pero cuánto mejoró la sociedad con sus sus dulces y revitalizantes activos, sus disulfuros de selenio con ritmo de filósofo del tiempo de Parménides)
Y lo peor, lo peor con diferencia es la pérdida del humor, la aniquilación de la ironía, la seriedad con la que uno se toma la vida desde entonces. En el proceso de aprender existe, caliente y ralentizado, un proceso de desaprendizaje posterior. Si uno no desaprende, difícilmente podrá comprender desde la distancia el crisol de las cosas abiertas. Un converso es un detenido en el instante del descubrimiento, un pausado, un presente constantemente rebobinado, un diógenes de una sola cosa, un obsesivo encallado, un peregrino fiel de la unidad, un estresado unívoco, un sectario hambriento de razones que darse a sí mismo. A mi juicio, el converso hace del hecho de ver una ceguera completa. Quizá este texto es un buen ejemplo que ilustra la idea. ¿Será esto verdad? Mi verdad es, intuyo, pasto de pasado mañana, famélica de un día, volátil como el segundo, degenerada como yo.